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El patriarcado y la neomitología feminista

BECERRO DE ORO

Romina Rocha

Si los discursos de género han calado tan profundo entre algunos sectores de la sociedad no es sólo porque, ciertamente, apuntan a lugares dolorosos de la experiencia humana en comunidad -donde la violencia es cada vez más común a pesar de ser discursivamente más “combatida”-, sino y sobre todo, porque son elaborados bajo un manto de academicismo y tecnicismo que los hacen parecer “científicos”, en el sentido de “indiscutibles y objetivos”, aunque a la vez afirmen que la ciencia nada tiene que ver con la dinámica de las relaciones humanas. 

Porque negar la influencia de la naturaleza o, más precisamente, de la biología en la conformación de los límites humanos, a la vez que se afirma el determinismo social y subjetivo de la condición del sujeto como atributo universal, no puede entenderse como parte de un pensamiento elaborado minuciosamente bajo la pauta de una selección arbitraria de los factores en los que se apoyan dichos discursos. En otras palabras, afirmar que no existe el sexo biológico, sino que lo que nos organiza como sociedad es sólo y tan solo aquello que “decidimos” por propia voluntad, afirmando a la vez que esto último forma parte de un conocimiento que no puede (ni debe) ponerse en duda es, cuando menos, conflictivo.

Es en este enredo de contradicciones irreconciliables donde se gestan las teorías en las que se apoya esta suerte de neomitología feminista, que construye ídolos de barro allí donde no encuentra explicaciones satisfactorias a las dificultades generadas por la ignorancia y el dolor. Y se trata de una nueva forma de mitología porque ubica a quienes se rigen por estas formas de pensamiento en un lugar de sumisión ante un paradigma sexista invertido: se critica el supuesto rol preponderante de la masculinidad en la historia de la humanidad reemplazándolo por una imposición del rol femenino en esta etapa del desarrollo comunitario global.

Ejemplo de esto es la afirmación de que las mujeres hemos sido sometidas a los hombres por el simple hecho de ser mujeres y de tener menos “tendencias violentas” por esta condición. Y quienes se apoyan en este concepto, atribuyen al mito de Adán y Eva el origen de todos los males, poniendo a Adán como el primer opresor de la historia y a Eva como la primera “rebelde” por la que la humanidad toda ha sido castigada. Y lo hacen afirmando, a la vez, que la religión es un mecanismo ideado por los varones para humillar la feminidad y así tener el control del mundo. Claro que esto es un reduccionismo histórico y también literario, ya que los argumentos esgrimidos para justificarlo son mucho más complejos y confusos que lo expuesto en este texto, pero el fin podría resumirse de esa manera para poner en evidencia lo esencial: las teorías de género son asimilables en tanto y en cuanto el sujeto que las abraza está desconectado de los hechos y su interpretación multidisciplinaria pero, sobre todo, que se mantiene ajeno al estudio de las religiones como fenómeno determinante en la construcción de un sentido de pertenencia a este mundo.

Esto no significa, vale aclarar, que para tomar posición frente a lo que consideramos más o menos justo haya que cursar una carrera universitaria, leer miles de libros o formar parte de algún dogma religioso; en absoluto. Basta con definir si creemos que las religiones son producto de la búsqueda de la humanidad de respuestas a enigmas profundos de la existencia y la Creación o si las consideramos meros instrumentos de dominio y poder. Si nos paramos en la primera definición, podemos entender que los errores y las interpretaciones diversas son consecuencia lógica y esperable de un pensamiento existencial que evoluciona gracias a la detección de sus fallas mientras que, si nos posicionamos en lo último, difícilmente podamos encontrar allí algo más que oscuridad. 

Por lo tanto, partiendo de la base de considerar los mitos y las leyendas como producto de un sistema elaborado para restringir la expansión del alma, a los fines de obtener poder sobre las mayorías, es comprensible que hayamos llegado a escuchar afirmaciones tales como que el patriarcado, que etimológicamente significa “el gobierno de los padres” (de cuando “padres” no refería estrictamente a lo masculino, sino al rol de protector del núcleo familiar) sea el responsable de la violencia hacia las mujeres desde que habitábamos en las cavernas. Pero esto se desmonta con cierta facilidad cuando lo analizamos ubicándonos en el tiempo histórico correspondiente y el contexto objetivo.

Sobre la organización en la Edad de Piedra, la escritora, pensadora y profesora estadounidense Camille Paglia, a propósito de polémico libro Sexual Personae publicado en la década de los años ’60, decía en una entrevista publicada en el diario El Mundo de España que “Sin el hombre, la mujer nunca hubiera salido de la cueva”, ya que “Los hombres han sido los que han roto los estilos y los que han creado la Historia del Arte. No tengo duda. Los grandes proyectos de irrigación de Mesopotamia, las pirámides de Egipto fueron idea de los hombres. ¿Por qué? Porque los hombres son capaces de matarse a sí mismos y a otros para llevar a cabo sus proyectos. O sus experimentos. Siempre tratan de ir más allá del conformismo, de la cueva en la que estaban las mujeres. En parte, quizás, para escapar de las cuevas porque en las cuevas mandaban las mujeres.” (1)

Y en este fragmento tenemos el cruce entre los dos argumentos, corroborables mediante el estudio de la historia y la antropología y no de la subjetividad relativa a quien los lea: por un lado, que fue el impulso masculino el que sacó a la humanidad de la sumisión de la caverna, donde nos refugiábamos de los peligros mortales del mundo exterior en tiempos donde la tecnología se reducía al uso del fuego, las herramientas para cazar y tallar la piedra y la vestimenta para cubrir las áreas más sensibles de la anatomía humana. Y, por otro lado, que era la mujer y no el hombre quien tomaba las decisiones “puertas adentro”. 

Pensemos en quiénes administraban el alimento que los hombres cazaban, quiénes cuidaban a los cachorros humanos que garantizarían la supervivencia de la especie y quiénes, al día de hoy, tenemos el atributo intrínseco de lo que llamamos “calor de hogar”. También pensemos en qué hubiera sido de la humanidad si los roles no se hubieran dividido según posibilidades y limitaciones del sexo biológico: si los hombres nacen con más fuerza física, si han desarrollado un cerebro más orientado al pragmatismo y menos permeable al mundo “sensible” hubieran sido los encargados de quedarse “en casa” mientras las mujeres, que tenemos útero para concebir y parir a la descendencia, pechos para amamantarla y un “sexto sentido” asociado a los sentimientos y las necesidades sutiles del alma (esto último ampliamente demostrado en estudios científicos serios), hubiéramos salido a “traer el pan” -que tuvo durante milenios varias hileras de filosos dientes y poderosas garras potencialmente mortíferas-, ¿existiríamos aún? ¿Con qué pretexto se justificaría que esto sea de esa manera? ¿Las mujeres, quedándose a resguardo junto a las crías, se sentirían oprimidas por los hombres que salían a poner en riesgo su vida para que todos comieran?

Pero no es sólo el factor antropológico el que nos lleva a discutir las teorías en boga, sino también el factor mitológico y religioso: mientras el feminismo hegemónico afirma que sólo los hombres detentaron el poder a lo largo de la historia, la evidencia indica que, desde que tenemos consciencia, veneramos a deidades masculinas y femeninas en perfecta y necesaria armonía. ¿Por qué? Pues porque para que el Dios Sol ilumine los cultivos y los haga crecer, la Diosa Luna, signo de fertilidad universal, debía bendecirnos con el control de las aguas y guiarnos en el ciclo de las siembras y cosechas. También ocurría, como hoy, que el sol nos iluminaba y daba calor durante los días para poder trabajar, mientras que la luna nos iluminaba en el medio de la oscuridad para estar atentos a los peligros de la naturaleza.

Y algo más concreto y verificable aún: en la actualidad, tenemos más imágenes femeninas para veneración religiosa que masculinas, que fueron más propias de un periodo en particular que de la historia general de la humanidad. De hecho, las primeras figuras halladas a las que se rendía culto son llamadas Diosas Madre y, claro, son representaciones de mujeres con grandes pechos y grandes vientres, que es de donde emerge la vida nueva y su alimento. Sin embargo, toda esta evidencia es despreciada por las teorías de género que, al negar la condición divina de la mujer a lo largo de la historia de la humanidad, terminan por afianzar la idea de que somos simples víctimas eternas de los hombres y que, por lo tanto, nuestro único derecho es a rebelarnos ante esa opresión.

Desde esta concepción, negadora de lo divino y de Dios en cualquiera de sus formas o expresiones, se busca poner en lugar de la fe a lo Incognoscible, una confianza ciega hacia el análisis anacrónico, reduccionista y tergiversado de la historia, de la mitología y de la evolución de la especie, mediante la que llegan a conclusiones tan forzadas que sólo se sostienen gracias a los académicos que se esfuerzan por parecer ilustrados, pero a los que se puede rebatir con tan sólo detenernos en los puntos que aíslan y volverlos a su contexto original. 

Por lo tanto, podemos afirmar no sólo que el conocimiento es poder sino también que la ignorancia es el origen de todos los males, ya que quien ignora, teme, y quien teme, odia, simplemente porque desconoce el verdadero rostro de aquello ante lo que elige mantener los ojos cerrados. Es, entonces, tarea de aquellos que buscamos la verdad esforzarnos por encontrarla, aun cuando el camino esté lleno de ídolos de barro, ya que la tentación está ahí para probar cuán fuerte es nuestra voluntad de avanzar.

 

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